Nota de la editora: Texto copiado de Muy interesante.
Miércoles, 16 de Septiembre de 2009
Puede conversar de drogas psicoactivas con la misma naturalidad que lo hace de Aristóteles, de Newton o de economía. Antonio Escohotado nos recibe en su domicilio madrileño donde nos cuenta cómo evolucionaron los vicios y placeres carnales a lo largo de la Historia.
-La búsqueda del placer y el vicio han marcado la historia de la humanidad. Sin embargo, nuestra valoración moral sobre esos disfrutes ha ido cambiando con el paso del tiempo. ¿Por qué ha variado tanto en cada época?
-Ningún grupo humano ha prescindido de reglas morales, que apoyan esto y rechazan lo otro, si bien algunos de los grupos más duraderos han ido modificando esas pautas con el despliegue de su historia. La ebriedad y la cópula siempre se han tratado con singular preocupación, aunque Occidente fue acumulando experiencia –y tolerancia– en ambas esferas.
-Por lo que cuentan los clásicos, los antiguos atenienses no parecían tener ningún complejo en practicar libremente el sexo...
-Ciertamente, los griegos no tenían ningún problema con el sexo, porque no fueron ascéticos, pero les aterrorizaba el alcohol. Los jóvenes tenían prohibido beber, lo mismo que las mujeres, salvo que fueran cortesanas. Platón afirma que los viejos debemos hacer libaciones a Dioniso (entiéndase beber) cada vez más frecuentes, pues nada alivia en mayor medida las miserias de la senectud. Grecia fue un importante exportador de vino, y Dioniso (el Baco de los romanos) era un dios terrible, símbolo de lo irracional y salvaje. El mejor testimonio lo encontramos en Las Bacantes, la tragedia de Eurípides, donde Dioniso inspira canibalismo y parricidio.
-¿Los romanos tenían el mismo problema con el vino?
-Lo heredaron de los griegos. Durante la República, cuenta Tito Livio la triste historia de una mujer que fue sorprendida con las llaves de la bodega y condenada a no salir de allí hasta haber muerto de hambre. La costumbre se relajó al progresar el Imperio y el vino borró su estigma ancestral al identificarse con la sangre de Cristo en el rito de la misa. Como ocurre con otros vicios y placeres, nos fuimos acostumbrando y hacia el siglo XIII aparecieron los aguardientes, que multiplicaron las enfermedades venéreas no sólo en Europa sino en la China de Gengis Kan. Desde entonces, el alcohol ha sido un fiel compañero para buena parte de la humanidad.
-Volviendo a los griegos, ¿fueron ellos los que refinaron el arte de alcanzar una existencia plenamente placentera?
-Aquella cultura fue admirable. Grecia brilló dos siglos y luego acabó devorada por su propio éxito, que la llevó a entregar todo el trabajo a esclavos y entrar en una decadencia por recesión. Por lo que se refiere al sexo, los grandes problemas llegaron con el cristianismo, aunque los romanos ya habían prohibido con anterioridad los ritos báquicos. Livio cuenta que miles de personas fueron ajusticiadas por participar en ellos.
-¿En las bacanales se ingerían todo tipo de drogas?
-Por supuesto. Eurípides cuenta que Ulises dio de beber a Polifemo un vino tan fuerte que debía ser aguado en cuatro quintas partes, so pena de enloquecer. Quizá los cargaron con extractos de belladona, beleño, hachís, opio, cáñamo e incluso hongos. Lo mismo ocurría en las celebraciones de la gran institución religiosa griega, los Misterios de Eleusis, que persistió hasta la caída del Imperio Romano. La inefable impresión que el ritual causaba en sus peregrinos sólo puede explicarse por magia o por química. Entre sus iniciados se encontraban Platón, Aristóteles, Cicerón, Adriano o Marco Aurelio, todos ellos prototipos de sobriedad intelectual. Fueron los obispos cristianos de Alarico quienes destruyeron el santuario eleusino.
-¿Se conoce qué tipo de sustancia psicotrópica utilizaban en los Misterios de Eleusis?
-Investigaciones de Albert Hof- mann y otros demostraron que los iniciados en Eleusis pudieron consumir un brebaje preparado a partir del cornezuelo del centeno, que sigue creciendo allí en una variedad especialmente poco tóxica. Los sacerdotes eleusinos se llamaban hierofantes (“reveladores de lo sagrado”) y psicopompos (“los que ponen de manifiesto lo anímico”) e imponían a sus iniciados la llamada “reserva mistérica”. Todos juraban por su vida no revelar nada sobre el rito de iniciación. Pero no ya en Eleusis y en otros cultos mistéricos del Mediterráneo, sino en Asia, África y América es evidente que las comuniones religiosas previas al monoteísmo se hacían con hostias psicoactivas.
-Epicuro abogaba por una vida de continuo placer como clave para la felicidad. ¿Fue tanta su influencia en la Antigüedad?
-Epicuro alertó contra quienes viven de vender la vida eterna, y asustan con infiernos. “Sólo cabe temer –dijo– el dolor que acompaña al acto de estar vivo”. Por lo demás, el placer epicúreo, la hedoné, tiene mucho de severidad y matemática; el camino de una vida sensata consiste en evitar que placeres menores nos desvíen de placeres mayores. Evitar los excesos, incluso los copulativos. Imagínese un profesional del porno, que tras horas de trabajo acaba sintiendo incomodidad en las zonas evocadoras del supremo goce carnal.
-Los primeros cristianos debieron aborrecer el pensamiento de Epicuro.
-¿Qué hacer con alguien que tildaba de dementes y manipuladores a quienes metiesen miedo con el más allá? Durante el breve retorno al paganismo que representa Juliano el Apóstata sabemos por el propio Juliano que las obras de Epicuro ya eran difíciles de encontrar. Pero de los centenares de escritos de Demócrito, otro gran moralista ateo, tampoco ha quedado prácticamente nada. Gran parte de la memoria antigua desapareció con el incendio de Alejandría y de las demás bibliotecas públicas romanas.
-¿La irrupción de Roma como potencia mundial produjo grandes cambios en la moral y en la conducta sexual de los ciudadanos?
-Roma mantuvo vigente una norma –si no recuerdo mal, la Lex Escantinia– que preveía enterrar vivo al invertido sexual. Sin embargo, en Vidas de los Doce Césares, Suetonio menciona a emperadores pederastas como Tiberio en su vejez, emperatrices disolutas y orgías como las organizadas por Calígula y Nerón. Historiadores posteriores cuentan otro tanto de Cómodo y alguno más. Por ejemplo, Adriano fue sin duda homosexual. Las clases privilegiadas se permitían ciertas veleidades prohibidas al resto. A pesar de las abundantes historias libertinas de conocidos personajes históricos, como Mesalina, los romanos fueron sinceramente autoritarios en estas cuestiones, y quizá el pueblo más puritano de la cuenca mediterránea.
-Tras leer Yo Claudio, la famosa novela de Robert Graves, resulta difícil creer que los romanos eran unos redomados puritanos.
-La acusación de lujurioso –aplicada a césares, senadores, generales y aristócratas– aparece con alta frecuencia en los textos de los grandes cronistas romanos, como Livio, Salustio o Tácito. Lucrecia se suicida, recuérdese, porque Tarquino la amenaza con decir que ha sido descubierta fornicando con un esclavo. Por lo demás, todos los ciudadanos que tenían esclavas de buen ver dormían con ellas cuando querían. El peligro de que sus esposas hiciesen lo mismo era que el pater familias cargase con bastardos. Nerón se hacía traer rodaballos del Atlántico, sirviéndose de un carísimo sistema de transporte que destripaba caballos durante el día y conservaba por las noches el pescado en hornos de cal rellenos de nieve. Pero el viaje duraba al menos una semana. Sin duda, Nerón digería un género que para nosotros sería infecto. En aquel tiempo, la plebe romana vivía de vales de economato, como ahora en Cuba, y esos dispendios resultaban tanto más odiosos para el moralizante historiador romano.
-Sorprende que la modernidad y el desarrollo tecnológico no hayan impedido la existencia de sociedades intransigentes y autoritarias.
-Me parece que sí han reducido notablemente la intransigencia. Obsérvese, con todo, que entre las dulzuras del sexo está la amargura de verse influido por factores como la belleza física, la elocuencia y otras variantes de la gracia humana. Hay por eso mujeres y hombres que jugaron y juegan con ventaja. Las sociedades poco permisivas y las muy represivas complacen a un sector de población que por una u otra razón se siente menos favorecido o en desventaja.
-¿Cómo afronta el mundo islámico ese deseo humano de sublimar los placeres carnales?
-Mahoma promete a sus fieles que si son justos tendrán todas las huríes que puedan pagarse en la vida, y más aún en el paraíso. Su religión se cuida de ofrecer placer carnal eterno y muchos islámicos tienen todavía harenes. Con el paso del tiempo se han ido haciendo más estrictos, sobre todo por la presión del resto del mundo que les afea la poligamia y el situar a la mujer en un plano inferior al del hombre.
Pero ellos no tienen grandes problemas con el sexo, al menos mientras tengan medios de vida para comprarse sus esposas.
-Sin embargo, son muy rígidos con el alcohol.
-Mahoma murió de una forma imprevista y no dejó claro qué hacer con el alcohol. Sus sucesores llegaron a la conclusión de que quizá no era en sí malo, pero pensaron que sus consecuencias resultaban muy negativas porque inducía a los consumidores a hacer tonterías y a mentir para justificarlas o negarlas. Mentir sí es contrario a la ley divina y para prevenirlo parece que se decidió castigar al ebrio con algunos bastonazos.
-¿Y cuál es la actitud del mundo islámico con otras drogas?
-Hay cierta permisividad con unas y severidad absoluta con otras. Por ejemplo, el opio, cuyas tabletas llevaban estampado tradicionalmente el lema “regalo de dios” (“mash Allah”), circuló intensamente por el mundo islámico hasta mediados del siglo XX, y hasta los años sesenta el Parlamento iraní tenía un fumadero, de la misma forma que el nuestro tiene un bar. Por el contrario, el hachís, tan arraigado en la zona del Rif, se consideró una droga de truhanes en otros países árabes. Me parece que la ley islámica ha llegado a la conclusión de que cualquier agente embriagante puede ser igual de nocivo que el alcohol, pues su consumo podría incitar a las personas a un descontrol que provocaría conductas “inadecuadas”.
-Resulta curioso que en Persia surgiera un personaje como Omar Khayyam, que no tuvo reparos en escribir el siguiente poema: “Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, esfuérzate por ser feliz hoy. Coge un cántaro de vino, siéntate a la luz de la luna y bebe pensando en que mañana quizás la luna te busque en vano”.
-Omar Khayyam era un epicúreo, aunque también se le puede interpretar como un místico al estilo de San Juan de la Cruz o Santa Teresa. En ese sentido, el vino sería un símbolo para estar divinamente poseído. Roumi, quizá el lírico islámico más destacado de todos los tiempos, habla también de la ebriedad de lo absoluto. Siendo persa y sufí como Khayyam, es un poeta báquico pasmado ante la belleza del mundo y la generosidad de su creador.
-En su opinión, ¿qué papel ha jugado el cristianismo en la represión de los placeres carnales?
-Para comprender el papel de la Iglesia en esa particular historia hay que tener en cuenta el Sermón de la Montaña, donde antes de bendecir a los pobres materiales, a los afligidos y perseguidos, Jesús dirige su primera bienaventuranza a los “pobres de espíritu”. El dios protocristiano ama precisamente la desposesión física y quiere vengar los dones naturales. Toda forma de riqueza –empezando por la de espíritu o sabiduría– le sugiere soberbia e impiedad. Sus elegidos son los crédulos o “niños“, y Tertuliano –el más elocuente apologeta inicial– se regocija imaginando que Homero, Aristóteles, Virgilio y Horacio se tuestan eternamente en el infierno, purgando lo que san Agustín llamará poco después “malsana curiosidad científica”. Amar a dios es odiar la realidad física.
-Ese odio a la realidad física choca frontalmente con la conducta sexual de algunos pontífices del Renacimiento. El Papa Alejandro VI, un Borgia de origen hispano, hizo las delicias de los anticlericales de la época por sus continuos líos de faldas.
-¿Y qué me dice de la papisa Juana, que quedó embarazada y parió durante una ceremonia? Pero estas cosas no merecen en realidad mención. Ocurrieron igual en el Imperio Romano y en todos los reinos ulteriores, y me parece mucho menos espantosa una doble vara de medir que cierta conformidad impuesta a todos sin excepción. Allí donde la excentricidad no se admite, la salud social resulta imposible.
-En su último libro, Los enemigos del comercio, usted dice que los comunistas no inventaron nada, que en el fondo se inspiraron en los cristianos.
-Los comunistas ateos nunca lo han reconocido. Marx dice en su Manifiesto (1848) que la clase obrera está condenada a una miseria creciente si no acaba con la “anarquía” productiva, aunque la industrialización produjo lo contrario de una miseria en aumento y la economía planificada ha creado siempre miseria. No me diga que ambos pronósticos carecen de un nexo con la justicia social apostólica, a cuyo juicio la propiedad privada es un robo y el comercio su instrumento perfecto.
-¿El comunismo era puritano?
-Una dictadura –incluyendo la proletaria– aspira por principio a la omnipotencia. Tal como debe abolir la anarquía el intercambio económico libre debe hacerlo con cualquier otro reducto de privacidad. Todo el mundo debe estar bajo la supervisión del Comité Central, delegado a su vez en el Gran Hermano. Por lo demás, a finales del siglo XIX los comunistas del SPD alemán eran muy progresistas en materia de conducta sexual, e incluso alguno sugirió una comunidad de cuerpos y no sólo de bienes. De ellos viene suprimir el adulterio y el aborto como delitos, pero la gran mayoría de esos comunistas se negó a apoyar el leninismo, y allí donde el leninismo logró imponerse cundió la sumisión de todos a alguna normalidad arbitraria.
-¿Se siente usted una persona epicúrea?
-El ignorante sigue ligando epicureísmo con orgías y ebriedad incontrolada, aunque sea una ética de sencillez casi puritana. No reniego de Epicuro, pero es un moralista bastante más limitado que su maestro, Aristóteles, a quien por cierto venero. La matemática epicúrea del placer –en última instancia, no dejar que el corto plazo nos vele el largo– es, por otra parte, un buen compañero para experimentar con toda suerte de cosas capaces de convertirse en dolores, como los afectos, las ideologías y las sustancias psicoactivas, donde ser incauto y tener baja la propia estima lo paga uno convirtiéndose en una piltrafa o un fanático. Siempre existe un justo término medio.
-¿Por qué decidió probar cerca de 140 sustancias psicoactivas?
-Niego haber probado más de diez o doce matrices químicas, con sus correspondientes mezclas. Mi interés original fue abrirle una ventana al conocimiento, influido ante todo por Aldous Huxley. El primer ácido lo tomé en 1964, cuando era un fármaco de psiquiatras.
-Casi a la vez que lo descubrieron los hippies...
-Siempre digo que Sánchez Dragó y yo somos los únicos hippies supervivientes del país. Pero cuando hablo de esa cuerda excluyo a macrobióticos y buscadores de gurús, por más que recuerdo con cierto rubor algunos de nuestros disfraces de entonces. Viví trece años en Ibiza, cuando dio la casualidad de que aterrizaba en la isla mucha gente atractiva, y todo era barato para quien se aviniese a la incomodidad de vivir sin luz eléctrica ni otra agua que la del pozo. Hubo mucha autodestrucción dentro de los trajes floreados, pero las épocas de entusiasmo no abundan, y de aquel experimento vive todavía la isla.
-Usted es un filósofo experto en Aristóteles, que lleva años estudiando la Teoría del Caos y ha escrito multitud de textos sobre pensamiento humano, economía y drogas. ¿Por qué cree que este último aspecto de su bagaje académico es el que ha logrado más resonancia social?
-Seguramente porque es el que más morbo despierta. Me siguen rayando a veces el coche, como si de mí dependiese que otro sea adicto o muera de sobredosis, y alguna vez me lo han dicho desde el coche o la moto contigua, mientras esperábamos que un semáforo se abriese. También me han aplaudido por ofrecer información al respecto.
La discreción es una virtud que lamentablemente descubrí tarde, y si pudiera volver al pasado no le quepa duda de que sería más cauto, por no decir en realidad menos arrogante. Sin embargo, no he mentido, que yo sepa. Y como tampoco puedo cambiar lo que ya fue, oigo con paciencia a quien me grita: “¡Debería haberse muerto hace unos cuarenta años!” (Grandes carcajadas).
Fernando Cohnen
jueves, 17 de septiembre de 2009
martes, 8 de septiembre de 2009
¡Dios lo quiere!
Nota de la editora: Texto copiado del boletín DEUTSCHE WELLE / DW-WORLD. SECCION: Viaje a las raíces de Europa
02.06.2009
Hacia el siglo XI, cuando la influencia musulmana era cada vez mayor, extendiéndose el Islam en el Medio Oriente y en Jerusalén, el Papa Urbano II reaccionó con furia.
En el año 1071, un ejército cristiano perdió un enfrentamiento contra tropas musulmanas, que pasó a la historia como la Batalla de Manzikert, en el este de Anatolia, hoy Turquía. Sin embargo fueron las noticias provenientes de la Ciudad Santa lo que enfureció al Papa Urbano II. Según los relatos, un grupo de honrados peregrinos cristianos había sido sometido a “insoportables martirios por parte de infieles musulmanes”. Para el Papa Urbano II (aprox. 1035-1099), el Concilio de Clermont, en noviembre de 1095, era el momento adecuado para convocar a una “peregrinación armada” a Jerusalén.
Las palabras del Santo Padre fueron claras: “Circuncidan a los cristianos y la sangre de la circuncisión es rociada sobre el altar o las pilas bautismales. Les gusta matar a otros abriéndoles el abdomen, sacándoles una extremidad del intestino que luego atan a un poste. A golpes los persiguen alrededor del poste hasta que se les salen las vísceras y caen muertos en el suelo. Debierais sentiros conmovidos por el hecho de que el Santo Sepulcro de nuestro Salvador se encuentre en manos de ese pueblo impuro, que con su inmundicia mancha nuestros lugares santos de manera desvergonzada y sacrílega”.
Masacre en nombre del Señor
Tal vez exageró un poco, pero lo cierto es que los gobernantes musulmanes cobraban un impuesto de entrada a Jerusalén. Para los peregrinos cristianos, se trataba de una situación insoportable, agravada aún más por la destrucción de santuarios, imágenes religiosas y monumentos en la Ciudad Santa. Solucionar esa situación fue el objetivo de la primera cruzada, en 1096, en la que participaron 300 000 caballeros europeos, que partieron con la esperanza de obtener un botín de recompensa. El Papa Urbano II reforzó la moral de los guerreros cristianos absolviéndolos de todos los pecados cometidos y por cometer sobre la Tierra.
Pero ni eso pudo evitar el cuantioso tributo de sangre que tuvieron que pagar los caballeros con la cruz sobre la armadura, incluso antes de su llegada a Jerusalén. Fueron continuamente asaltados por ladrones y bandas locales que los combatieron en su camino.
No fue sino a principios de julio de 1098 que los guerreros cristianos lograron conquistar Nicea y Antioquía. La ruta hacia Jaffa y Haifa pasaba por Beirut. Godofredo de Bouillón (aprox. 1060-1100) fundó en el Condado de Edesa el primer principado cruzado. Tres años después de su partida de Occidente, los caballeros llegaron a Jerusalén.
En julio de 1099 comenzó la batalla por la Ciudad Santa. El ejército cristiano había sido diezmado, quedando tan sólo unos 21 000 hombres exhaustos, que con la ayuda de arietes y catapultas destruyeron las fortificaciones. Al grito de ¡Dios lo quiere!, invadieron Jerusalén provocando un baño de sangre atroz entre la población. Muy pocos habitantes de la ciudad sobrevivieron.
La masacre fue calificada por los guerreros cristianos como una “purificación” de la ciudad de los infieles, al término de la cual realizaron una procesión de gracias. En un sólo día habían muerto unas 70 000 personas.
Principados cruzados: motivo de sucesivas batallas
El líder de la primera cruzada, Godofredo de Bouillón, fue nombrado “Gobernadaor del Santo Sepulcro”. Junto al Condado de Edesa, fueron fundados otros principados cruzados: la Armenia Menor, el principado de Antioquía, el Condado de Trípolis y el Reino de Jerusalén. Este nuevo orden en el Medio Oriente no duró mucho, pues la región estaba rodeada de poderosos Estados árabes, que observaban con indignación y furia las cruzadas: el Emirato de Damasco, el Califato del Cairo y el Sultanato de los Selyúcidas. En los dos siglos siguientes hicieron todo lo posible para reconquistar los territorios perdidos, dando pie a seis subsiguientes cruzadas, que hasta mediados del siglo XIII causaron la muerte a varios centenares de miles de personas.
En Europa las cruzadas fueron la expresión de la comunidad cristiana congregada en torno de la cruz bajo la autoridad papal. Así fue como surgió una especie de “comunidad europea” cristiana. Esa Universitas Christiana unió a Europa durante un largo período de tiempo. El sentimiento de unidad de los europeos se basó en el rechazo religioso de los creyentes de otra fe. No fue una identidad con algo, sino contra algo.
Autor: Matthias von Hellfeld/ EU
Editor: Pablo Kummetz
02.06.2009
Hacia el siglo XI, cuando la influencia musulmana era cada vez mayor, extendiéndose el Islam en el Medio Oriente y en Jerusalén, el Papa Urbano II reaccionó con furia.
En el año 1071, un ejército cristiano perdió un enfrentamiento contra tropas musulmanas, que pasó a la historia como la Batalla de Manzikert, en el este de Anatolia, hoy Turquía. Sin embargo fueron las noticias provenientes de la Ciudad Santa lo que enfureció al Papa Urbano II. Según los relatos, un grupo de honrados peregrinos cristianos había sido sometido a “insoportables martirios por parte de infieles musulmanes”. Para el Papa Urbano II (aprox. 1035-1099), el Concilio de Clermont, en noviembre de 1095, era el momento adecuado para convocar a una “peregrinación armada” a Jerusalén.
Las palabras del Santo Padre fueron claras: “Circuncidan a los cristianos y la sangre de la circuncisión es rociada sobre el altar o las pilas bautismales. Les gusta matar a otros abriéndoles el abdomen, sacándoles una extremidad del intestino que luego atan a un poste. A golpes los persiguen alrededor del poste hasta que se les salen las vísceras y caen muertos en el suelo. Debierais sentiros conmovidos por el hecho de que el Santo Sepulcro de nuestro Salvador se encuentre en manos de ese pueblo impuro, que con su inmundicia mancha nuestros lugares santos de manera desvergonzada y sacrílega”.
Masacre en nombre del Señor
Tal vez exageró un poco, pero lo cierto es que los gobernantes musulmanes cobraban un impuesto de entrada a Jerusalén. Para los peregrinos cristianos, se trataba de una situación insoportable, agravada aún más por la destrucción de santuarios, imágenes religiosas y monumentos en la Ciudad Santa. Solucionar esa situación fue el objetivo de la primera cruzada, en 1096, en la que participaron 300 000 caballeros europeos, que partieron con la esperanza de obtener un botín de recompensa. El Papa Urbano II reforzó la moral de los guerreros cristianos absolviéndolos de todos los pecados cometidos y por cometer sobre la Tierra.
Pero ni eso pudo evitar el cuantioso tributo de sangre que tuvieron que pagar los caballeros con la cruz sobre la armadura, incluso antes de su llegada a Jerusalén. Fueron continuamente asaltados por ladrones y bandas locales que los combatieron en su camino.
No fue sino a principios de julio de 1098 que los guerreros cristianos lograron conquistar Nicea y Antioquía. La ruta hacia Jaffa y Haifa pasaba por Beirut. Godofredo de Bouillón (aprox. 1060-1100) fundó en el Condado de Edesa el primer principado cruzado. Tres años después de su partida de Occidente, los caballeros llegaron a Jerusalén.
En julio de 1099 comenzó la batalla por la Ciudad Santa. El ejército cristiano había sido diezmado, quedando tan sólo unos 21 000 hombres exhaustos, que con la ayuda de arietes y catapultas destruyeron las fortificaciones. Al grito de ¡Dios lo quiere!, invadieron Jerusalén provocando un baño de sangre atroz entre la población. Muy pocos habitantes de la ciudad sobrevivieron.
La masacre fue calificada por los guerreros cristianos como una “purificación” de la ciudad de los infieles, al término de la cual realizaron una procesión de gracias. En un sólo día habían muerto unas 70 000 personas.
Principados cruzados: motivo de sucesivas batallas
El líder de la primera cruzada, Godofredo de Bouillón, fue nombrado “Gobernadaor del Santo Sepulcro”. Junto al Condado de Edesa, fueron fundados otros principados cruzados: la Armenia Menor, el principado de Antioquía, el Condado de Trípolis y el Reino de Jerusalén. Este nuevo orden en el Medio Oriente no duró mucho, pues la región estaba rodeada de poderosos Estados árabes, que observaban con indignación y furia las cruzadas: el Emirato de Damasco, el Califato del Cairo y el Sultanato de los Selyúcidas. En los dos siglos siguientes hicieron todo lo posible para reconquistar los territorios perdidos, dando pie a seis subsiguientes cruzadas, que hasta mediados del siglo XIII causaron la muerte a varios centenares de miles de personas.
En Europa las cruzadas fueron la expresión de la comunidad cristiana congregada en torno de la cruz bajo la autoridad papal. Así fue como surgió una especie de “comunidad europea” cristiana. Esa Universitas Christiana unió a Europa durante un largo período de tiempo. El sentimiento de unidad de los europeos se basó en el rechazo religioso de los creyentes de otra fe. No fue una identidad con algo, sino contra algo.
Autor: Matthias von Hellfeld/ EU
Editor: Pablo Kummetz
sábado, 5 de septiembre de 2009
El cerebro las prefiere simétricas
Nota de la editora: Copiado del sitio Ciencia y Tecnología
Ciencia y Tecnología | 14.10.2006
Por Cristina Papaleo
Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: Miss República Checa, Tatana Kucharova, en el centro, posa luego de ser coronada Miss Mundo 2006.La belleza es un concepto relativo, pero nuevas investigaciones prueban que la simetría del rostro y las formas facilitan la percepción y la elaboración de la realidad. Los genes tendrían también un papel importante.
¿Es el hombre, como dice la voz popular, aquel tan mentado “animal de costumbres”? Si damos una rápida ojeada a las revistas de moda y, en especial, a los rostros de las últimas Miss Universo lo comprobaremos. Los cánones de belleza femenina están, casi siempre, cerca del lugar común. En general, la percepción humana tiende a hallar atractivo lo conocido, ya que al cerebro le da menos trabajo reconocer las formas simétricas que las asimétricas. Esto tiene una explicación científica, que reside en la pereza cerebral, según algunos expertos, mientras otros hablan de que lo fácil de procesar es vivido como algo positivo.
¿Truco evolutivo o pereza cerebral?
En cuanto al por qué de las preferencias perceptivas hay opiniones econtradas. La
Bildunterschrift: Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: Catedral Alexander Nevski en Bulgaria Sofía: simetría de lo bello.psicología evolutiva explica que nuestros genes, programados hasta el últimos detalle para sobrevivir, buscan por todos los medios reproducirse, para lo cual su portador debe poder enfrentarse a todo peligro. Nuestro cerebro está preparado para reconocer como sano un rostro que reproduce las normas de salud y estabilidad genética, es decir, un rostro promedio, por lo demás común y nada llamativo. “Cualquier anomalía o desvío de la simetría son un indicio de déficits en el estado físico, o sea, en la capacidad de reproducción”, explica Harald Euler, psicólogo de la Universidad de Kassel. Según esto, tener una cara con rasgos comunes es signo de que alguien está dentro de la norma.
Mientras tanto la psicología de la estética, disciplina que se investiga, entre otras, en la Universidad de Viena, sostiene que cuanto más conocido es un objeto, más atractivo es. Helmut Leder, científico en este área, sostiene que es más fácil reconocer imágenes familiares que desconocidas.
Norbert Schwarz, de la Universidad de Michigan y su ex alumno, Piotr Winkielman, de la Universidad de California, piensan sin embargo que los prototipos, objetos de formas reconocibles y características precisas, son atractivos porque son simples de elaborar. Esta teoría está basada en un simple mecanismo: la facilidad de procesamiento, que hace que cuanto más mediocre y conocido sea un rostro, una forma o un objeto, más fácil será para el ser humano elaborar los datos que llegan al cerebro, y, por lo tanto, percibirlos.
Bildunterschrift: Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: Harald Gaspar, fundador del Club de los Feos.Estética, comodida y atractividad
Más allá del fenómeno estético, el cerebro busca ante todo facilidad para elaborar la realidad en que vive. Esto demuestran los estudios de Piotr Winkelman acerca de las reacciones de personas ante dibujos de figuras geométricas esbozadas con puntos, como el cuadrado. Cuanto más deformada estaba la figura, más demoraban los sujetos en clasificarla. Además, al colocárseles figuras prototípicas como un rombo, se registraba una reacción psico-fisiológica al activarse un músculo de la mejilla, lo cual señalizaba satisfacción y agrado.
Helmut Leder, de la Universidad de Viena, en conversación con Der Spiegel simplifica: “lo conocido es positivo, y lo desconocido es negativo y hasta peligroso”. Nuestro cerebro es, según él, simplemente perezoso y ahorra recursos cognitivos. Winkelman, en cambio, sostiene que “el cerebro nos recompensa por elaborar rápida y eficientemente la realidad”. Al reconocer figuras regulares, el cerebro se siente satisfecho y puede dedicarse a tareas más complejas. Esto explicaría las preferencias por lo simétrico y su valoración positiva.
Ciencia y Tecnología | 14.10.2006
Por Cristina Papaleo
Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: Miss República Checa, Tatana Kucharova, en el centro, posa luego de ser coronada Miss Mundo 2006.La belleza es un concepto relativo, pero nuevas investigaciones prueban que la simetría del rostro y las formas facilitan la percepción y la elaboración de la realidad. Los genes tendrían también un papel importante.
¿Es el hombre, como dice la voz popular, aquel tan mentado “animal de costumbres”? Si damos una rápida ojeada a las revistas de moda y, en especial, a los rostros de las últimas Miss Universo lo comprobaremos. Los cánones de belleza femenina están, casi siempre, cerca del lugar común. En general, la percepción humana tiende a hallar atractivo lo conocido, ya que al cerebro le da menos trabajo reconocer las formas simétricas que las asimétricas. Esto tiene una explicación científica, que reside en la pereza cerebral, según algunos expertos, mientras otros hablan de que lo fácil de procesar es vivido como algo positivo.
¿Truco evolutivo o pereza cerebral?
En cuanto al por qué de las preferencias perceptivas hay opiniones econtradas. La
Bildunterschrift: Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: Catedral Alexander Nevski en Bulgaria Sofía: simetría de lo bello.psicología evolutiva explica que nuestros genes, programados hasta el últimos detalle para sobrevivir, buscan por todos los medios reproducirse, para lo cual su portador debe poder enfrentarse a todo peligro. Nuestro cerebro está preparado para reconocer como sano un rostro que reproduce las normas de salud y estabilidad genética, es decir, un rostro promedio, por lo demás común y nada llamativo. “Cualquier anomalía o desvío de la simetría son un indicio de déficits en el estado físico, o sea, en la capacidad de reproducción”, explica Harald Euler, psicólogo de la Universidad de Kassel. Según esto, tener una cara con rasgos comunes es signo de que alguien está dentro de la norma.
Mientras tanto la psicología de la estética, disciplina que se investiga, entre otras, en la Universidad de Viena, sostiene que cuanto más conocido es un objeto, más atractivo es. Helmut Leder, científico en este área, sostiene que es más fácil reconocer imágenes familiares que desconocidas.
Norbert Schwarz, de la Universidad de Michigan y su ex alumno, Piotr Winkielman, de la Universidad de California, piensan sin embargo que los prototipos, objetos de formas reconocibles y características precisas, son atractivos porque son simples de elaborar. Esta teoría está basada en un simple mecanismo: la facilidad de procesamiento, que hace que cuanto más mediocre y conocido sea un rostro, una forma o un objeto, más fácil será para el ser humano elaborar los datos que llegan al cerebro, y, por lo tanto, percibirlos.
Bildunterschrift: Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: Harald Gaspar, fundador del Club de los Feos.Estética, comodida y atractividad
Más allá del fenómeno estético, el cerebro busca ante todo facilidad para elaborar la realidad en que vive. Esto demuestran los estudios de Piotr Winkelman acerca de las reacciones de personas ante dibujos de figuras geométricas esbozadas con puntos, como el cuadrado. Cuanto más deformada estaba la figura, más demoraban los sujetos en clasificarla. Además, al colocárseles figuras prototípicas como un rombo, se registraba una reacción psico-fisiológica al activarse un músculo de la mejilla, lo cual señalizaba satisfacción y agrado.
Helmut Leder, de la Universidad de Viena, en conversación con Der Spiegel simplifica: “lo conocido es positivo, y lo desconocido es negativo y hasta peligroso”. Nuestro cerebro es, según él, simplemente perezoso y ahorra recursos cognitivos. Winkelman, en cambio, sostiene que “el cerebro nos recompensa por elaborar rápida y eficientemente la realidad”. Al reconocer figuras regulares, el cerebro se siente satisfecho y puede dedicarse a tareas más complejas. Esto explicaría las preferencias por lo simétrico y su valoración positiva.
"El mundo se hunde en el abismo por calentamiento global": Ban Ki-moon
Artículo copiado del periódico El País, formato digital.
Clima
Elpais.com.co - AFP
El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se alarmó este jueves en Ginebra por la aceleración del calentamiento climático que, según él, "está hundiendo al mundo en el abismo".
Ban Ki-moon, que acaba de volver del Ártico donde pudo constatar los estragos del cambio climático, advirtió que "lo que sucede ahora" tendría que haber llegado mucho más tarde, según los pronósticos de los científicos.
"Los científicos han sido acusados durante años de ser alarmistas. Pero los verdaderos alarmistas son los que dicen que no podemos permitirnos iniciar una acción contra el clima porque eso ralentizaría el crecimiento económico", declaró Ban, ante la tercera Conferencia de la ONU sobre el Clima reunida en Ginebra desde comienzos de esta semana.
"Están equivocados. El cambio climático podría desencadenar un desastre masivo", dijo, muy preocupado por las millones de personas amenazadas en zonas costeras debido al aumento del nivel de los mares que provoca el deshielo del Ártico.
"¿Qué van a hacer cuando las tempestades empujen el mar hacia el interior de las tierras? ¿A dónde irán?", se preguntó.
Ban Ki-moon depositó todas sus esperanzas en un encuentro internacional de alto nivel que se celebrará el 22 de septiembre en Nueva York por iniciativa de las Naciones Unidas, pero lamentó la lentitud y el carácter limitado de las negociaciones con vistas a la Cumbre de Copenhague de diciembre.
Auspiciada por la ONU, la cumbre de Copenhague intentará hallar un acuerdo internacional para suceder al protocolo de Kioto sobre la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, considerados los principales responsables del calentamiento global.
"No nos quedan más que 15 días de negociaciones (en Nueva York) antes de Copenhague. No podemos contentarnos con progresos limitados. Necesitamos progresos rápidos", dijo.
"En Nueva York, espero negociaciones sinceras y constructivas. Espero que se tiendan puentes. Espero resultados importantes", dijo Ban, ante los representantes y ministros de unos 150 países participantes en la Conferencia de Ginebra.
"La respuesta está en un crecimiento verde, un crecimiento sostenible", insistió el jefe de la ONU.
Consideró que "nos hace falta una política que ponga un precio al dióxido de carbono. Un política que envíe una señal fuerte del mercado a las empresas pioneras para un futuro con un nivel bajo de dióxido de carbono".
"Necesitamos un programa de inversión público para la energía renovable. Necesitamos transferencias de tecnología para una eficacia energética", reiteró.
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático "estima que la inversión para alcanzar nuestros objetivos en materia de emisiones de gases de efecto invernadero no representaría más que el 2% del PIB mundial anual de aquí a 2030", recordó el secretario general de la ONU.
Esta inversión supondría "menos polución, una mejor salud pública, una mejora de la seguridad alimentaria, menos riesgos de emigraciones masivas y de inestabilidad política, más empleos en la economía verde", concluyó.
Clima
Elpais.com.co - AFP
El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se alarmó este jueves en Ginebra por la aceleración del calentamiento climático que, según él, "está hundiendo al mundo en el abismo".
Ban Ki-moon, que acaba de volver del Ártico donde pudo constatar los estragos del cambio climático, advirtió que "lo que sucede ahora" tendría que haber llegado mucho más tarde, según los pronósticos de los científicos.
"Los científicos han sido acusados durante años de ser alarmistas. Pero los verdaderos alarmistas son los que dicen que no podemos permitirnos iniciar una acción contra el clima porque eso ralentizaría el crecimiento económico", declaró Ban, ante la tercera Conferencia de la ONU sobre el Clima reunida en Ginebra desde comienzos de esta semana.
"Están equivocados. El cambio climático podría desencadenar un desastre masivo", dijo, muy preocupado por las millones de personas amenazadas en zonas costeras debido al aumento del nivel de los mares que provoca el deshielo del Ártico.
"¿Qué van a hacer cuando las tempestades empujen el mar hacia el interior de las tierras? ¿A dónde irán?", se preguntó.
Ban Ki-moon depositó todas sus esperanzas en un encuentro internacional de alto nivel que se celebrará el 22 de septiembre en Nueva York por iniciativa de las Naciones Unidas, pero lamentó la lentitud y el carácter limitado de las negociaciones con vistas a la Cumbre de Copenhague de diciembre.
Auspiciada por la ONU, la cumbre de Copenhague intentará hallar un acuerdo internacional para suceder al protocolo de Kioto sobre la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, considerados los principales responsables del calentamiento global.
"No nos quedan más que 15 días de negociaciones (en Nueva York) antes de Copenhague. No podemos contentarnos con progresos limitados. Necesitamos progresos rápidos", dijo.
"En Nueva York, espero negociaciones sinceras y constructivas. Espero que se tiendan puentes. Espero resultados importantes", dijo Ban, ante los representantes y ministros de unos 150 países participantes en la Conferencia de Ginebra.
"La respuesta está en un crecimiento verde, un crecimiento sostenible", insistió el jefe de la ONU.
Consideró que "nos hace falta una política que ponga un precio al dióxido de carbono. Un política que envíe una señal fuerte del mercado a las empresas pioneras para un futuro con un nivel bajo de dióxido de carbono".
"Necesitamos un programa de inversión público para la energía renovable. Necesitamos transferencias de tecnología para una eficacia energética", reiteró.
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático "estima que la inversión para alcanzar nuestros objetivos en materia de emisiones de gases de efecto invernadero no representaría más que el 2% del PIB mundial anual de aquí a 2030", recordó el secretario general de la ONU.
Esta inversión supondría "menos polución, una mejor salud pública, una mejora de la seguridad alimentaria, menos riesgos de emigraciones masivas y de inestabilidad política, más empleos en la economía verde", concluyó.
jueves, 3 de septiembre de 2009
Las cinco dificultades para decir la verdad
Nota de la editora: Artículo copiado del sitio Ediciones simbióticas.
Sábado 11 de diciembre de 2004, por ediciones simbioticas.
Este texto fue escrito en 1934 y apareció en el Boletín del Seminario de Derecho Político, nº 29-30 (Salamanca, noviembre de 1963), publicación dirigida por E. Tierno Galván.
Por Bertolt Brecht
El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla.
Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.
1. EL VALOR DE ESCRIBIR LA VERDAD
Para mucha gente es evidente que el escritor deba escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.
Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».
En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?
También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.
Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.
Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.
2. LA INTELIGENCIA NECESARIA PARA DESCUBRIR LA VERDAD
Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.
También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.
Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.
3. EL ARTE DE HACER LA VERDAD MANEJABLE COMO ARMA
La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.
Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mi, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.
Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo -que se condena- si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.
Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.
Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.
Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.
Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oir a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.
¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del Mal, la oficina del Infierno, el trono del Anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.
Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.
El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.
El que quiera describir el fascismo y la guerra -grandes desgracias, pero no calamidades «naturales»- debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.
4. CÓMO SABER A QUIÉN CONFIAR LA VERDAD
Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.
Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.
Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.
La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.
5. PROCEDER CON ASTUCIA PARA DIFUNDIR LA VERDAD
Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.
Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.
El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».
Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.
La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.
Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.
Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.
Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca -género literario desacreditado- la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.
En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.
Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.
Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.
Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no.
Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.
Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la Biología y la Química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras. Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de Destino. Es al Destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.
Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el Destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.
CONCLUSIÓN
La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro Continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción. Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad.
Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.
Sábado 11 de diciembre de 2004, por ediciones simbioticas.
Este texto fue escrito en 1934 y apareció en el Boletín del Seminario de Derecho Político, nº 29-30 (Salamanca, noviembre de 1963), publicación dirigida por E. Tierno Galván.
Por Bertolt Brecht
El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla.
Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.
1. EL VALOR DE ESCRIBIR LA VERDAD
Para mucha gente es evidente que el escritor deba escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.
Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».
En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?
También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.
Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.
Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.
2. LA INTELIGENCIA NECESARIA PARA DESCUBRIR LA VERDAD
Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.
También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.
Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.
3. EL ARTE DE HACER LA VERDAD MANEJABLE COMO ARMA
La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.
Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mi, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.
Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo -que se condena- si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.
Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.
Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.
Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.
Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oir a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.
¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del Mal, la oficina del Infierno, el trono del Anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.
Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.
El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.
El que quiera describir el fascismo y la guerra -grandes desgracias, pero no calamidades «naturales»- debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.
4. CÓMO SABER A QUIÉN CONFIAR LA VERDAD
Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.
Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.
Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.
La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.
5. PROCEDER CON ASTUCIA PARA DIFUNDIR LA VERDAD
Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.
Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.
El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».
Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.
La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.
Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.
Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.
Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca -género literario desacreditado- la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.
En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.
Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.
Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.
Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no.
Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.
Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la Biología y la Química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras. Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de Destino. Es al Destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.
Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el Destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.
CONCLUSIÓN
La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro Continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción. Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad.
Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
El 666 no representa bestia alguna
Nota de la editora: Copio abajo varios párrafos de mi segundo libro: "Denuncias y anuncio", contenidos en los capítulos referidos al anuncio que recojo en esta obra, que no es otro que el inminente "reinado" de Jesucristo, en sus criaturas volitivas, seres creadores y creadoras, similares a Él, pero con menos capacidades que el Maestro. Fin del mundo, dice gente de las iglesias. Sólo que el mundo no termina, sino que vive de cambio en cambio, en esta evolución terrenal.
En el texto sagrado del Cristianismo tradicional, aparecen también otras informaciones inexactas, por a misma causa enunciada. Así, en El Apocalipsis
-apocalipsis significa buena noticia, en la lengua griega-, escrito por el profeta Juan, se afirma que el 666 es el número de "la bestia", el Anti-Cristo, como se lee en el versículo 18 del capítulo 13 del citado libro: "Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis".
En realidad, el seis es el número patrón de la creación, porque Dios vibra a siete septillones por segundos, vibración muy alta para crear materia, razón por la cual cuando la Divinidad "se puso a pensar" para crear (de alguna manera, aunque luzca herética, deber ser enunciada la decisión de iniciar la creación) bajó sus vibraciones a seis septillones.
Y como explica uno de los tantos profesores que he tenido en esta vida, el 666 resulta de la combinación de tres seis: el seis, de la energía roja, la esencia de la Divinidad, del Creador; el seis de la energía amarilla, la del Hijo Creador (Cristo en nuestro Universo), que representa el movimiento, y el seis de la energía del Espíritu Infinito, de la vida, que es la energía en movimiento.
Seiscientos sesenta y seis es el signo que se acerca a la perfección en la cosmogonía cósmica. Los tres números finales de la cifra -666- aparecen como el número de "la bestia" porque el evangelista Juan decodificó incorrectamente, como dije antes, la comunicación con las entidades divinas. Tal número se forma, además, de los tres últimos dígitos del número del planeta Tierra -5,342,482,337,666- en los archivos cósmicos del Universo del que formamos parte.
Asimismo, el profeta Juan erró al interpretar las revelaciones divinas por cuanto entendió que había visto el Jardín del Edén cuando la visión que tuvo fue de Jerusem, la capital de Satania, sistema en el que se encuentra nuestro planeta.
Al decodificar las mismas revelaciones citadas, el evangelista cometió otro error: cuando tuvo la visión de las entidades divinas responsables de los cuatro puntos cardinales, creyó -y así escribió- que se trataba de "los cuatro jinetes de El Apocalipsis" de los que él mismo habla en el texto bíblico.
Por fallas humanas -tantas hemos cometido que ellas han servido de insumo para sesudas y gruesas obras escritas por intelectuales, entre las que resalto, por sintética, pero no por eso menos sesuda, "La historia de la estupidez humana", de Paul Tabori, quien me ilustró sobremanera, por su puesta en contexto, acerca de los errores, desaciertos, tonterías y atrocidades de nuestros congéneres-, por fallas humanas, repito, ha llegado hasta nuestros días (aún hay gente que la acepta, pese a su ilogicidad), la versión del diluvio universal y la famosísima arca de Noé, quien la habría construído por orden de Jehová para poder sobrevivir a las inundaciones producto del diluvio.
Según la versión bíblica, Noé -y su familia (ocho personas, en total)- debió introducir en el arca una pareja de cada especie de animales y permanecer en su interior, sin abrir ventana alguna, por "cuarenta días y cuarenta noches". Tantos animales juntos -me dice el raciocinio lógico-, por tanto tiempo y sin ninguna ventilación, habrían generado una tal cantidad de heces fecales para producir gas metano en cantidades más que suficientes para provocar la muerte, por asfixia, a cuanta gente y animales había en la embarcación.
La misma lógica provoca una interrogante: ¿Dónde consiguió Noé animales como el oso polar, la jirafa, el pingüino y el tigre de bengala, para citar algunas especies ajenas a la fauna de su tierra.
Otros errores son atribuíbles a las traducciones que históricamente han sido hechas a La Biblia, en hebreo, arameo y griego, y luego las realizadas modernamente en casi todos los idiomas planetarios. A más de las incorrecciones que pueden presentarse por la polisemia característica de las lenguas, recuérdese el aserto que nos dice que traducir es traicionar.
Así, ancestralmente hemos tenido perfiles diversos acerca de la Divinidad, de Dios, pero ahora, cuando la Ciencia ortodoxa penetra cada vez más las insondabilidades de la creación divina, se han roto muchos de los mitos creados por nuestros errores e ignorancia, como aquel de que fuimos hechos y hechas del barro y de una costilla humana, respectivamente.
Con todo y que "El Libro de Urantia" tiene errores, en él se encuentran las primeras nociones (no son, propiamente, Ciencia Cósmica) llegadas a este planeta -hasta donde alcanza mi conocimiento- comunicadas por la Omnisciencia y otras memorias en los tiempos modernos. Los textos de la canadiense Adela T. Sergiere, en quien encarnó la misma alma que tomó el primer soporte (cuerpo físico) en todos los planetas habitados de nuestro Cosmos, y, por tanto, un alma autónoma, precósmica, dotada de un Siquismo libre de escorias, por lo cual su decodificación de los textos de la Omnisciencia carece de errores y es a partir de su conocimiento que comenzó la construcción de las bases teóricas de la Ciencia Cósmica.
Teilhard de Chardin, el jesuita silenciado, como me gusta llamarle, dio en el centro de la diana en sus investigaciones científicas y sus reflexiones filosófico-espirituales.
En el texto sagrado del Cristianismo tradicional, aparecen también otras informaciones inexactas, por a misma causa enunciada. Así, en El Apocalipsis
-apocalipsis significa buena noticia, en la lengua griega-, escrito por el profeta Juan, se afirma que el 666 es el número de "la bestia", el Anti-Cristo, como se lee en el versículo 18 del capítulo 13 del citado libro: "Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis".
En realidad, el seis es el número patrón de la creación, porque Dios vibra a siete septillones por segundos, vibración muy alta para crear materia, razón por la cual cuando la Divinidad "se puso a pensar" para crear (de alguna manera, aunque luzca herética, deber ser enunciada la decisión de iniciar la creación) bajó sus vibraciones a seis septillones.
Y como explica uno de los tantos profesores que he tenido en esta vida, el 666 resulta de la combinación de tres seis: el seis, de la energía roja, la esencia de la Divinidad, del Creador; el seis de la energía amarilla, la del Hijo Creador (Cristo en nuestro Universo), que representa el movimiento, y el seis de la energía del Espíritu Infinito, de la vida, que es la energía en movimiento.
Seiscientos sesenta y seis es el signo que se acerca a la perfección en la cosmogonía cósmica. Los tres números finales de la cifra -666- aparecen como el número de "la bestia" porque el evangelista Juan decodificó incorrectamente, como dije antes, la comunicación con las entidades divinas. Tal número se forma, además, de los tres últimos dígitos del número del planeta Tierra -5,342,482,337,666- en los archivos cósmicos del Universo del que formamos parte.
Asimismo, el profeta Juan erró al interpretar las revelaciones divinas por cuanto entendió que había visto el Jardín del Edén cuando la visión que tuvo fue de Jerusem, la capital de Satania, sistema en el que se encuentra nuestro planeta.
Al decodificar las mismas revelaciones citadas, el evangelista cometió otro error: cuando tuvo la visión de las entidades divinas responsables de los cuatro puntos cardinales, creyó -y así escribió- que se trataba de "los cuatro jinetes de El Apocalipsis" de los que él mismo habla en el texto bíblico.
Por fallas humanas -tantas hemos cometido que ellas han servido de insumo para sesudas y gruesas obras escritas por intelectuales, entre las que resalto, por sintética, pero no por eso menos sesuda, "La historia de la estupidez humana", de Paul Tabori, quien me ilustró sobremanera, por su puesta en contexto, acerca de los errores, desaciertos, tonterías y atrocidades de nuestros congéneres-, por fallas humanas, repito, ha llegado hasta nuestros días (aún hay gente que la acepta, pese a su ilogicidad), la versión del diluvio universal y la famosísima arca de Noé, quien la habría construído por orden de Jehová para poder sobrevivir a las inundaciones producto del diluvio.
Según la versión bíblica, Noé -y su familia (ocho personas, en total)- debió introducir en el arca una pareja de cada especie de animales y permanecer en su interior, sin abrir ventana alguna, por "cuarenta días y cuarenta noches". Tantos animales juntos -me dice el raciocinio lógico-, por tanto tiempo y sin ninguna ventilación, habrían generado una tal cantidad de heces fecales para producir gas metano en cantidades más que suficientes para provocar la muerte, por asfixia, a cuanta gente y animales había en la embarcación.
La misma lógica provoca una interrogante: ¿Dónde consiguió Noé animales como el oso polar, la jirafa, el pingüino y el tigre de bengala, para citar algunas especies ajenas a la fauna de su tierra.
Otros errores son atribuíbles a las traducciones que históricamente han sido hechas a La Biblia, en hebreo, arameo y griego, y luego las realizadas modernamente en casi todos los idiomas planetarios. A más de las incorrecciones que pueden presentarse por la polisemia característica de las lenguas, recuérdese el aserto que nos dice que traducir es traicionar.
Así, ancestralmente hemos tenido perfiles diversos acerca de la Divinidad, de Dios, pero ahora, cuando la Ciencia ortodoxa penetra cada vez más las insondabilidades de la creación divina, se han roto muchos de los mitos creados por nuestros errores e ignorancia, como aquel de que fuimos hechos y hechas del barro y de una costilla humana, respectivamente.
Con todo y que "El Libro de Urantia" tiene errores, en él se encuentran las primeras nociones (no son, propiamente, Ciencia Cósmica) llegadas a este planeta -hasta donde alcanza mi conocimiento- comunicadas por la Omnisciencia y otras memorias en los tiempos modernos. Los textos de la canadiense Adela T. Sergiere, en quien encarnó la misma alma que tomó el primer soporte (cuerpo físico) en todos los planetas habitados de nuestro Cosmos, y, por tanto, un alma autónoma, precósmica, dotada de un Siquismo libre de escorias, por lo cual su decodificación de los textos de la Omnisciencia carece de errores y es a partir de su conocimiento que comenzó la construcción de las bases teóricas de la Ciencia Cósmica.
Teilhard de Chardin, el jesuita silenciado, como me gusta llamarle, dio en el centro de la diana en sus investigaciones científicas y sus reflexiones filosófico-espirituales.
Una respuesta pertinente del juez Rafael Ciprián a Subero Isa
Nota de la editora. Abajo, copia de la carta enviada por el juez Ciprián a Subero Isa, a propósito de unas declaraciones formuladas por este magistrado en la que cuestiona a quienes favorecen la creación de un Tribunal de Garantías Constitucionales o Sala Constitucional. La misiva no tiene desperdicio. Lean, por favor... Gracias, Maribel Núñez por compartirla.
Santo Domingo, D. N.
28 de agosto de 2009.
AL : DR. JORGE A. SUBERO ISA,
Presidente de la Suprema Corte de Justicia (SCJ), y demás honorables jueces que integran el Pleno de ese alto Tribunal.
DE : RAFAEL CIPRIÁN, juez del Tribunal Superior de Tierras, Dpto. Central, y Ciudadano.
VÍA : Mensajería de la Jurisdicción Inmobiliaria
ASUNTO : UNA RESPUESTA PERTINENTE.
Honorables Magistrados:
En mi condición de ferviente defensor de la creación en nuestro país de un Tribunal de Garantías Constitucionales o Sala Constitucional, con la condición de que ésta sea independiente y especializada, así como por mi condición de Juez, por convicciones y principios jurídicos, ciudadanos y patrióticos, y por amor al Pueblo, me veo en la necesidad de dirigirles la presente para dejar bien claro algunos aspectos muy peligrosos.
Para justificar la acérrima oposición al establecimiento de la Jurisdicción constitucional, el Magistrado Subero Isa, como vocero del Pleno de la SCJ, en diversas ocasiones declaró públicamente, y la prensa nacional lo recoge, que los que apoyamos la creación del Tribunal Constitucional lo hacemos, en síntesis, para revisar y anular las sentencias de extradición y las que condenaron a los banqueros. También para desmembrar a la SCJ. Según esos criterios, somos defensores de la criminalidad y de la desinstitucionalidad. Nada más falso y peligroso. Lástima que el debate descienda a esos graves niveles.
Si pretendemos revocar sentencias de extradición, entonces apoyamos al narcotráfico y otros horrendos crímenes presuntamente cometidos en Estados Unidos de América (EUA). El Departamento de Estado norteamericano, sus consulados y embajadas, nos pondrán en una lista negra de enemigos, con todas las consecuencias que sabemos. La injusta situación de Narciso Isa Conde sería una simpleza frente a la nuestra. Nuestra familia corre un serio riesgo con esa tipificación. Más lamentable que eso sólo sería el odio del Pueblo.
Si queremos revocar las sentencias que condenaron a los banqueros, somos también indeseables para EUA. Nadie ignora que presionaron para que las condenas se produjeran. Y como esos banqueros están condenados por crímenes, somos cómplices de criminales, por acción u omisión. Garrafal error.
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Y si deseamos desmembrar a la SCJ, somos enemigos de la institucionalidad, la seguridad jurídica y el orden. Otra equivocación. El Tribunal Constitucional salvará a la SCJ de los escándalos que le ocasionan los asuntos constitucionales, fallados y pendientes de solución. El Tribunal Constitucional, como verdadero guardián de la Carta Magna y los derechos fundamentales, fortalecerá la institucionalidad, la seguridad jurídica y el orden. Así ha pasado en todos los países donde existe esa Jurisdicción. No seremos diferentes. Comprendemos su sentir y motivaciones al defender una posición que la comunidad jurídica consciente rechaza y que perjudica al pueblo. Conforme una encuesta informal que hicimos, más del 90% de los jueces apoya el Tribunal Constitucional. Pero los jueces no se pronuncian por miedo a las persecuciones, marginaciones y atropellos que muchos hemos sufrido en la Judicatura, y por temor a la destitución del cargo de Juez. No comparto esa clase de “prudencia” cuando hay que actuar a favor de una causa justa. El suscrito, como Uds. saben, es capacitador en la Escuela Nacional de la Judicatura y les ha impartido múltiples seminarios sobre temas constitucionales a los jueces, como en las universidades en que es catedrático; es autor de varios libros de Derecho Constitucional y mantiene su Despacho al día, sin Mora Judicial ni nada pendiente, mes por mes y año por año. Esto es una excepción en el Poder Judicial. Todos los años obtiene la máxima calificación de excelente en la evaluación, dada por Uds. Ese es un mérito y un aporte a la seguridad jurídica, a la institucionalidad y al orden. Buscamos fortalecer esos valores con el Tribunal Constitucional. Todo lo respondemos y aclaramos con respeto y en ejercicio pleno de nuestros derechos ciudadanos, amparados por la Constitución, que debemos respetar.
Esperando que nadie se confunda con los errores que hemos aclarado, quedamos de Uds., Honorables Magistrados, reiterándoles nuestros altos sentimientos de consideración y afectos.
Muy atentamente,
RAFAEL CIPRIÁN.
RC.SC.
C.C.: A quienes pueda interesar.
Santo Domingo, D. N.
28 de agosto de 2009.
AL : DR. JORGE A. SUBERO ISA,
Presidente de la Suprema Corte de Justicia (SCJ), y demás honorables jueces que integran el Pleno de ese alto Tribunal.
DE : RAFAEL CIPRIÁN, juez del Tribunal Superior de Tierras, Dpto. Central, y Ciudadano.
VÍA : Mensajería de la Jurisdicción Inmobiliaria
ASUNTO : UNA RESPUESTA PERTINENTE.
Honorables Magistrados:
En mi condición de ferviente defensor de la creación en nuestro país de un Tribunal de Garantías Constitucionales o Sala Constitucional, con la condición de que ésta sea independiente y especializada, así como por mi condición de Juez, por convicciones y principios jurídicos, ciudadanos y patrióticos, y por amor al Pueblo, me veo en la necesidad de dirigirles la presente para dejar bien claro algunos aspectos muy peligrosos.
Para justificar la acérrima oposición al establecimiento de la Jurisdicción constitucional, el Magistrado Subero Isa, como vocero del Pleno de la SCJ, en diversas ocasiones declaró públicamente, y la prensa nacional lo recoge, que los que apoyamos la creación del Tribunal Constitucional lo hacemos, en síntesis, para revisar y anular las sentencias de extradición y las que condenaron a los banqueros. También para desmembrar a la SCJ. Según esos criterios, somos defensores de la criminalidad y de la desinstitucionalidad. Nada más falso y peligroso. Lástima que el debate descienda a esos graves niveles.
Si pretendemos revocar sentencias de extradición, entonces apoyamos al narcotráfico y otros horrendos crímenes presuntamente cometidos en Estados Unidos de América (EUA). El Departamento de Estado norteamericano, sus consulados y embajadas, nos pondrán en una lista negra de enemigos, con todas las consecuencias que sabemos. La injusta situación de Narciso Isa Conde sería una simpleza frente a la nuestra. Nuestra familia corre un serio riesgo con esa tipificación. Más lamentable que eso sólo sería el odio del Pueblo.
Si queremos revocar las sentencias que condenaron a los banqueros, somos también indeseables para EUA. Nadie ignora que presionaron para que las condenas se produjeran. Y como esos banqueros están condenados por crímenes, somos cómplices de criminales, por acción u omisión. Garrafal error.
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Y si deseamos desmembrar a la SCJ, somos enemigos de la institucionalidad, la seguridad jurídica y el orden. Otra equivocación. El Tribunal Constitucional salvará a la SCJ de los escándalos que le ocasionan los asuntos constitucionales, fallados y pendientes de solución. El Tribunal Constitucional, como verdadero guardián de la Carta Magna y los derechos fundamentales, fortalecerá la institucionalidad, la seguridad jurídica y el orden. Así ha pasado en todos los países donde existe esa Jurisdicción. No seremos diferentes. Comprendemos su sentir y motivaciones al defender una posición que la comunidad jurídica consciente rechaza y que perjudica al pueblo. Conforme una encuesta informal que hicimos, más del 90% de los jueces apoya el Tribunal Constitucional. Pero los jueces no se pronuncian por miedo a las persecuciones, marginaciones y atropellos que muchos hemos sufrido en la Judicatura, y por temor a la destitución del cargo de Juez. No comparto esa clase de “prudencia” cuando hay que actuar a favor de una causa justa. El suscrito, como Uds. saben, es capacitador en la Escuela Nacional de la Judicatura y les ha impartido múltiples seminarios sobre temas constitucionales a los jueces, como en las universidades en que es catedrático; es autor de varios libros de Derecho Constitucional y mantiene su Despacho al día, sin Mora Judicial ni nada pendiente, mes por mes y año por año. Esto es una excepción en el Poder Judicial. Todos los años obtiene la máxima calificación de excelente en la evaluación, dada por Uds. Ese es un mérito y un aporte a la seguridad jurídica, a la institucionalidad y al orden. Buscamos fortalecer esos valores con el Tribunal Constitucional. Todo lo respondemos y aclaramos con respeto y en ejercicio pleno de nuestros derechos ciudadanos, amparados por la Constitución, que debemos respetar.
Esperando que nadie se confunda con los errores que hemos aclarado, quedamos de Uds., Honorables Magistrados, reiterándoles nuestros altos sentimientos de consideración y afectos.
Muy atentamente,
RAFAEL CIPRIÁN.
RC.SC.
C.C.: A quienes pueda interesar.
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